21/8/08

El coleccionista de cajas de detergente

Sus primeros recuerdos ya tenían que ver con las cajas de detergente. Quizá fuera debido a que sus padres regentaban una pequeña tienda de ultramarinos y, desde pequeño, se acostumbró a verlas en las estanterías centrales del negocio. En una época en que no sólo la televisión sino la vida misma eran en blanco y negro, en grises aburridos, aquellas cajas de colores vivos y llamativos eran una excepción que alegraba la vista.

Algunos años más tarde era él el que ayudaba a colocarlas en rectísimas hileras, ordenadas por marcas y colores. Por aquel entonces, las que encontraba ya vacías y tiradas las usaba para hacer sus primeros juguetes. Eran particularmente buenas para fabricar coches y camiones ya que bastaba añadirles unos discos de cartón para proveerlas de ruedas y convertirlas en vehículos.
No fue hasta los veinte años, más o menos, cuando siendo ya el dueño de la tienda que había heredado, se propuso guardar al menos una caja de cada una de las marcas que vendía. Los tiempos iban mejorando y el pequeño establecimiento creció cuando compró el local de al lado. Ni que decir tiene que se especializó, poco a poco, en jabones y detergentes. Se preciaba de que si un cliente no encontraba el que deseaba en su tienda, no lo hallaría en ninguna de toda la ciudad y aún de toda la provincia.

En verano, siempre cerraba por quince días y se dedicaba a viajar. Francia, Alemania, Inglaterra, Suecia, al principio. Más tarde Australia, Argentina, México y Sudáfrica. Su primer y casi único objetivo era encontrar nuevas cajas de detergente. Mientras el resto de turistas se embadurnaban de loción y se tostaban en las playas, él se dedicaba incansable a patear la ciudad y buscar, tiendita a tiendita, aún en los más recónditos barrios, nuevas marcas con las que engrosar la colección. Siempre debía comprar un par de maletas adicionales para meter todas las que adquiría y, en muchas ocasiones, hubo de pagar exceso de peso en las aerolíneas. Ninguna mujer pareció compartir su afición, de modo que quedó soltero. Mejor así, pensaba, porque eso le permitía dedicar más tiempo a su afición.

Cuando cumplió los cuarenta, se percató de que le era difícil seguir viviendo en su casa. Aparte de media cocina y de la zona en la que estaba su cama en la habitación más pequeña, el resto estaba ya repleta de cajas de detergente. Las había de todos los tamaños y colores. De cartón y de plástico, de botella y de saco. Los fabricantes habían empezado, asimismo, a vender sus productos en polvo, en pastillas, en bolitas, en grageas y en multitud de otras formas lo que le obligó a tener que almacenar aún más recipientes. Los ahorros que tenía los invirtió en comprar otra casa más grande. La decoró de manera muy frugal. Colocó una cama plegable en la cocina de modo que allá hacía su vida dejando el resto para su colección.

El día de su quincuagésimo cumpleaños tuvo una de las mayores alegrías de toda su vida. Había marchado a Nigeria, en un viaje agotador, con el sólo objetivo de encontrar nuevos recipientes. Entre moscas que revoloteaban alrededor de él, se perdió entre las callejas de una ciudadela donde había una tiendita si es que aquello se le podía llamar tiendita. Allí, tirada entre sacos de maíz y bolsas de clavos, había una nueva marca. Una de la que jamás había oído hablar. La compró con la ilusión de un niño en día de Reyes. Retrasó su regreso a casa y viajó a otros países africanos donde, sintiéndose como un explorador decimonónico, como un Livingstone moderno, fue encontrando más y más detergentes locales. Definitivamente, su colección debía ser la más importante del mundo aunque nadie parecía estar interesado en ella. Por el contrario, algunos vecinos empezaban a quejarse de lo que ellos, en su ignorancia, llamaban suciedad y sabía que incluso habían contactado con los servicios sociales del ayuntamiento para quejarse.

Un día lluvioso de Marzo leía una revista portuguesa que había encontrado en una peluquería. Hojeaba las páginas sólo para perder el tiempo cuando lo vio. Era un anuncio de un detergente llamado Sodade y del que jamás había oído hablar. Su caja, preciosa, en morado y verde, era clásica, rectangular. Con una capacidad de doscientos gramos, como las de más reconocido prestigio. ¿Cómo era posible que él no la conociera?

Gastó sus últimos recursos en un pasaje para Lisboa y en reservar un coche de alquiler. Recorrió el país de norte a sur, de este a oeste. Visitó una infinidad de tiendas y supermercados, desde las más pequeñitas hasta los mayores centros comerciales. No lograba encontrar ese detergente. Los dependientes a los que mostraba el anuncio de la revista parecían no conocerlo. Días después, desesperado, regresó a su casa. Durante muchas noches no pudo dormir y desatendió sus obligaciones en la tienda. Perdió peso y se volvió aún más huraño. Faltaba una pieza en su colección de una vida. Quizá la definitiva, la que nadie más jamás tendría.

Una noche se despertó sobresaltado. Delante de él una figura que no reconoció le miraba. Pensó que era un ladrón. Alguien que, sin duda, quería robar su preciada colección. Sintió más pánico de perder los detergentes que de perder su propia vida.

- ¿Quién eres? – balbuceó
- Soy el diablo- respondió fríamente la figura.

Se rió. No era hombre dado a lo sobrenatural y no creía ni en dioses ni en diablos.

- Sé que eres un ladrón. ¿Vienes a robar mi colección, verdad?. ¿Quién te envía?
- Soy el diablo y vengo a proponerte un pacto – volvió a responder la figura.

Se enfadó y dio un brinco para levantarse. Lucharía por defender su preciado tesoro de aquel delincuente que encima se mofaba de él. Pero nada más hacerlo se sintió paralizado. No porque el intruso le detuviera físicamente sino por una fuerza sobrenatural que le retuvo y le inmovilizó. Sin mediar más palabra, supo que lo que decía aquel fantasma era cierto.

- Te propongo darte la información necesaria para encontrar esa caja de detergente que no tienes. Sin ella dudo que puedas hallarla aunque dediques toda una vida a ello.

Se le iluminó el rostro. Fantasma o figura real que le estaba gastando una broma, diablo o dios, esa oferta era maravillosa.

- ¡Sí! – contestó – no sé quién eres pero sí. Dámela.
- Tendrás que darme algo a cambio – terció la voz.
- Lo que quieras. Te daré lo que quieras.
- Tu alma me valdrá- dijo secamente la figura.

Rió por dentro. Él no creía en nada y era un buen trueque. Conseguía su pieza clave y a cambio no daba realmente nada. Aceptó con entusiasmo. Inmediatamente el espectro desapareció con un grave – nos veremos pronto-. Creyó por un momento que todo era un sueño y que ahora despertaba. Pero en el suelo había un papel con una dirección. Era una tienda en un pueblito a unos doscientos kilómetros de Lisboa.

Una semana después encontró la codiciada presa y la colocó en el mejor lugar de su casa. Se sentía satisfecho. La colección estaba completa.

Aquella noche se acostó con la conciencia tranquila que da un trabajo bien realizado. A media noche, el espectro volvió a aparecérsele.

El juez que levantó el cadáver certificó la muerte súbita del inquilino de la casa y pidió al Ayuntamiento que limpiara a conciencia la vivienda de toda la basura acumulada en forma de cajas de jabón. Los periódicos informaron de la muerte de un individuo que sufría el síndrome de Diógenes.